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Cáncer de vejiga

A fines de 1995 empecé a tener problemas de micción, sobretodo ardor y ocasionalmente dificultad para iniciar el proceso de desalojo de orina. Estos problemas fueron aumentando y en enero de 1996 acudí a un urólogo. Este médico me mandó realizar estudios radiológicos y de ultrasonido con doppler. La única anomalía reportada en el estudio que fue realizado el 23 de enero del mismo año fue de un varicocele moderado bilateral en el testículo izquierdo, lo que no ameritaba mayor atención médica.
 
Pocos días después acudí con otro médico porque yo me seguía sintiendo mal. Este segundo médico vio los estudios realizados antes, atendiendo solamente al reporte del laboratorio (sin ver las placas anexas) y dio la misma opinión que su colega anterior.
 
Un mes más tarde recurrí a un tercer urólogo. Este doctor mandó que me hicieran estudios de anfígeno prostático, fosfatasa ácida y examen general de orina. El resultado de estos estudios realizados el 22 de febrero no indicaron ninguna anomalía y el médico entonces me calificó de quejumbroso.
 
Ante estas opiniones de tres médicos diferentes me hice a la idea de que debían tener razón: ¡Yo debía ser quejumbroso!
 
Durante los siguientes 9 años yo me hice a la idea de que no me dolía hasta que empecé a sangrar y mi malestar era cada vez mayor. Acudí con un cuarto medico y este me hizo una gran cantidad de estudios sin encontrar la razón de los dolores y los sangrados cada vez más abundantes. Al no encontrar nada anormal llegó a la conclusión de que debía operarme de la próstata por razones de edad. Esta opinión me pareció totalmente absurda y fui con otro médico, al que no había acudido antes por no ser urólogo pero al que considero un gran doctor, para que me recomendara a un especialista de su confianza.
 
Al saber de mis problemas, me hizo un reconocimiento y en unos cuantos minutos, tenía el diagnóstico: por lo menos 2 tumores malignos grandes en vejiga.
 
Me internó en el hospital y le habló a un especialista de su confianza. El especialista confirmó el diagnóstico y me programó para cirugía en 10 días.
 
Me operaron el 16 de enero de 2006 y el doctor encontró 14 tumores, dos de ellos de un tamaño mayor que pelotas de golf, y el resto constituía un racimo. Me pusieron dos dosis de quimioterapia, una el mismo día de la operación y otra dos días después.
 
Lo peor llegó al recibir el resultado de patología ya que este estudio indicó que los tumores eran T4, que son los más agresivos y a los que comúnmente se les da el sobrenombre de cáncer terminal.
 
Posteriormente fui sometido (abril y mayo de 2006) a seis dosis de vacuna BCG durante seis semanas consecutivas y en junio del mismo año se me realizo una nueva operación.
 
A pesar de todo este cuadro aterrador, en enero de 2007 se me realizaron estudios correspondientes al primer protocolo de seguimiento establecido para casos de cáncer como el mío. El resultado de estos estudios fue, según palabras del propio urólogo tratante, extraordinario, realmente asombroso, que no se apreciaba presencia de células cancerosas ni vestigios de que en ningún momento hubieran existido. Después de esto me pidió mi consentimiento para que, por primera ocasión en su carrera, omitiera la colocación de una o dos ampolletas de quimioterapia que el protocolo exige, a lo cual yo asentí muy contento.
 
El pasado mes de mayo en este mismo año se me practicó el segundo protocolo y fue de resultados igualmente asombrosos que el anterior y por tanto tampoco me pusieron ningún refuerzo de quimioterapia.
 
La cantidad de jugo de mangostán que he estado tomando es de 9 onzas diarias repartidas en tres tomas.
 
Enrique Sanjurjo
Agosto de 2007